Malditas tildes

Podría empezar este artículo diciendo algo tan bonito y políticamente correcto como “los rotulistas españoles no tienen nada que envidiar a los ingleses y americanos“, pero no sería verdad. Sí hay algo: ellos no han de lidiar con las malditas tildes. Su uso no solo eleva el riesgo de incumplir las reglas ortográficas, sino que supone el engorro de tener que encajarlas en nuestros diseños y composiciones. Nada como una inoportuna tilde para fastidiar un interlineado, un equilibrio, una simetría.

Omitir la tilde en una palabra es un error, grave si es un nombre propio, imperdonable si lo comete una biblioteca. Agüimes, Gran Canaria.

Los diseñadores gráficos especialistas en imagen corporativa saben de qué hablo. Cuando se enfrentan al diseño de logotipos, una tilde puede convertirse en un molesto ruido visual y condicionar un trabajo en su totalidad, obligándoles a buscar soluciones alternativas o, en el peor y más común de los casos, a rendirse y prescindir de ella.

Interesante artículo en el blog Gramática para Carmencita. Clic en la imagen para abrirlo.

“Las mayúsculas no se acentúan”: un mito.

A esto viene a sumarse el viejo problema que venimos arrastrando con la acentuación gráfica de las letras mayúsculas. En torno a ello se ha construido el mito de que fue la misma Real Academia Española la que permitió que las mayúsculas no llevaran tilde; algo que simplemente es una leyenda urbana.

Según la RAE, las letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevarla, según las reglas de acentuación gráfica del español. La acentuación gráfica de las letras mayúsculas no es opcional, sino obligatoria, y afecta a cualquier tipo de texto. Las únicas mayúsculas que no se acentúan son las que forman parte de las siglas.

Real Academia Española

Pero… ¿cómo se construyó ese mito? Hay que remontarse al nacimiento de la imprenta, que durante mucho tiempo tuvo problemas técnicos con la composición manual a la hora de poner la tilde en las mayúsculas y capitales. Era frecuente que se rompieran los acentos de los tipos en relieve, especialmente los situados en las primeras líneas de la página. La solución fue, simplemente, no ponerlas. De hecho, el periódico El País no comenzó a usar las tildes en su cabecera hasta el año 2007. El uso generalizado de las máquinas de escribir contribuyó a consolidar la coartada. Para poner la tilde en una mayúscula había que pulsar tres teclas -mayúscula, vocal y tilde- al mismo tiempo, lo que retardaba mucho el proceso de escritura. Además, muchos modelos de máquina las solapaban con la propia letra, por lo que visualmente no quedaba clara y el texto resultaba estéticamente poco atractivo.

Ya sea por pereza o por comodidad, nos hemos aferrado a esa supuesta permisividad -y la hemos ampliado a cualquier ámbito- para no poner las tildes a las mayúsculas, lo que propicia un sinfín de rótulos con faltas de ortografía. Comprueben durante su próximo paseo por la ciudad el alto número de letreros sin los acentos debidos y se sorprenderán del porcentaje que suponen.

Hoy en día no tenemos excusas para seguir haciendo las cosas mal. HAY QUE ACENTUAR LAS MAYÚSCULAS.

El lado bueno

Como aspecto positivo, lo que para muchos supone un problema, para otros se convierte en un estímulo. Así, hay profesionales que hacen de las tildes un recurso gráfico, bien sea encontrando maneras de integrarlas, bien otorgándoles cierto protagonismo o personalidad propia. Esa es la actitud.


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