El nuestro es más grande

¿Cómo fue que pasamos de aquello… …a esto?

Hubo tiempos más sencillos. El sobrio cartel que se situaba en la entrada a una población sólo pretendía informar de que íbamos a entrar en ella. Cuanto más simple y eficaz, más barato y mejor para todos. Esa eficacia y economía, no se sabe muy bien cómo, se fueron diluyendo para dejar paso a la ostentación y la soberbia. La función informativa, en aras de una supuesta originalidad, pasó a segundo plano y empezó a primar un esteticismo fuera de lugar la mayoría de las veces. Así, hemos llegado a construir verdaderos monumentos toponímicos para adornar rotondas y nos hemos dejado llevar por nuestra atávica competitividad participando en un concurso, no convocado oficialmente, que consiste en averiguar qué pueblo es el más original y atrevido. Sin reparar en gastos, que nosotros lo merecemos.

Aunque alguno de esos rótulos gigantes pueda tener cierto valor artístico, estético o artesano, la tendencia es la exageración y lo que podríamos llamar engendrismo, la nueva corriente creativa en materia de señalética. Mención aparte merece su excelente función como photocall para la correspondiente foto grupal de los miembros del consistorio. Ya no nos basta con informarle de que está usted aquí; se trata de presumir de que aquí lo tenemos más grande.

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