Un rabito, y niquelado

—Pues ya está, aquí tiene el rótulo terminado.
—¿Pero esto qué es?
—¿Esto qué va a ser? ¡El rótulo que encargó para la peluquería! Con un mini subrayado y todo, para darle al cartel la clase que su local ya tiene.
—Pero es que no es “Esluan”, es “Esluam“, con m.
—¿Cómo que con m? En el encargo se leía claramente “Esluan”, a ver si mejoramos esa letra de médico.
—Ay que lo mato, ¿y qué hago yo ahora? Que ya tengo toda la papelería con “Esluam”. ¿Cómo voy a poner ese rótulo?
—No se apure, que esto en dos patadas se lo arreglo.
—A ver si es verdad.

Veinte minutos más tarde:

—Pues aquí lo tiene otra vez: un rabito, y niquelado. No se nota nada. Menos mal que no pusimos ni la tilde ni el “de” entre peluquería y señoras, que si no, no me cabe la pata extra. Y sin coste adicional, ¿eh? Que me ha caído usted en gracia. Venga, a seguir bien y que le pasen por aquí muchas cabezas. —El rotulista abandona el lugar susurrando para sí “qué arte tengo”, con la satisfacción del trabajo mal hecho, pero arreglado.

[Recreación imaginativa de una conversación que pudo haber tenido lugar hace muchos años en Santa Cruz de Tenerife].

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