Los Antonios y su fantasía gastro-marinera

En el sur de Gran Canaria, un espacio geográfico saturado de oferta de restauración, diferenciarse resulta esencial. Y eso lo saben Los Antonios, que han hecho de su rótulo una fantasía gastro-marinera que bien daría para una sitcom, si Netflix sabe estar atento y ver el potencial.

El rótulo original, de dimensiones respetables, nos mostraba a un coqueto pez de sexo femenino, o muy aficionado a las pestañas postizas, que en sus escamas nos anuncia la variedad de espacios del local: bar, terraza y restaurante, con el nombre del establecimiento. Podría pensarse que la elección del pez se basa en que el pescado, a ser posible fresco, constituye el centro de la oferta gastronómica, pero no parece que sea así, a juzgar por el puesto que ocupa el “pescado” en la rotulación. Primero se anuncian tapas, pasta, pizzas, sándwiches, cocina internacional y canaria y carnes (los estómagos son ecuménicos y Los Antonios están para hacer feliz al cliente), y sólo después, los pescados, acompañados de paellas y mariscos. Una síntesis de la carta a la que, como espero que tengamos oportunidad de seguir comprobando, es más que dado el restaurador local.

Los Antonios, conscientes de que su resultón cartel iba a acabar deteriorado por la acción del abundante sol con el que han sido bendecidos los sures, estimaron oportuno reproducirlo en un lienzo de pared que tenían libre. No estimaron tan oportuno encargar el trabajo a algún titulado en Bellas Artes, y tirando de un sobrino con una caja de témperas, plasmaron al pez, que ya es un amigo más, en el muro, sin que el gotelé pusiera freno al ansia creativa. Puede uno imaginar al artista después de dar el último brochazo, mirando alternativamente al rótulo y a la pared, y sentenciando “clavados”. Casi sorprende que la obra no esté firmada. Mención aparte haremos para la tipografía manual, y para esa pizarra atiborrada de viandas y precios, de la que por suerte no tenemos primer plano.

Pero un local con ambiciones no puede conformarse con un rótulo comido por el sol y una obra pictórica en una pared irregular. De modo que Los Antonios siguieron adelante con un segundo rótulo del que desaparecieron las tapas, la pasta, las pizzas y los sándwiches (esperemos que no de la carta), pero introdujeron una novedad notable: el pulpo de la cola. Bien pensado, era un espacio desaprovechado, un hueco que, horror vacui por medio, no podía desperdiciarse. Así, y viendo que no era bueno que el pez estuviera solo, le añadieron un amigo.

El pulpo luce, y con no poco estilo, un sombrero tipo “cachorro canario”, para refrendar su carácter como producto de la tierra (o del mar, mejor dicho) y fuma una larga pipa, un hábito poco sano pero indudablemente distinguido.

No sería justo considerar al pulpo un side-kick sin entidad, un caricato puesto ahí para rellenar. Quien quiera que lo diseñó, quiso dotarlo de vida propia, expresada en multitud de detalles que se superponen como una escalera del desconcierto.

Para empezar, está sobre una estrella de mar: no parece que al autor, en su frenesí, las proporciones de los personajes le supusieran un freno. Con sus incontables rejos, abraza a una suerte de pez espada y a una langosta (de nuevo las proporciones quedan como una licencia poética); el pez espada parece resignado a su suerte como plato y como amigo a la fuerza del pulpo, pero en la langosta se percibe una especie de rebeldía, un conato de indocilidad, de no aceptación de su sino fatal, ya sea en el caldero, ya sea en los amorosos brazos del pulpo canario.

No cometamos el error de creer que aquí acaba la cosa. No, Los Antonios siempre guardan una sorpresa más, ya sea un chupito después del postre, ya sea otro animado rótulo. Como ya dijéramos, aquí hay potencial para una sitcom protagonizada por el pez, y hasta un spin-off, en el que el pulpo y la langosta, de caracteres incompatibles pero obligadas a compartir pared, viven un sinfín de aventuras. Unos personajes tan potentes no podían quedarse en la cola del pez. Telefonazo, y de nuevo el sobrino con las témperas, y dos cursos de pintura en YouTube, plasmó en la pared a estos entrañables amigos: el pulpo bonachón y canario, custodiando la pizarra, y la langosta, como intentando huir en sentido contrario, buscando el premio a su insurrección. Seguro que, si puede verlo, el pez espada lamenta su conformismo.

Los Antonios, todos, con su sano afán de alzarse por encima de su competencia, nos han regalado un rótulo legendario, una fantasía gastro-marinera de la que cualquier Hermann Melville podría partir para darnos una trilogía repleta de acción, peripecias y personajes inolvidables.

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